sábado, 14 de enero de 2017

La Migala

Por Javier Leyva

La Migala es una obra maestra que describe todas las aristas del horror y la desesperación humana. El
anónimo narrador es acechado por una criatura arácnida y monstruosa, que es a la vez real e imaginaria, en cuanto se le otorgan características fantásticas de omnipotencia y omnipresencia para cumplir su labor: ser la peor pesadilla hecha realidad.

Este objetivo tiene una razón de ser que se revela en el instante final, sin embargo, sólo quienes hayan vivido una situación similar podrán entender en toda su dimensión el hecho indudable de que exista algo peor que la migala.

Con un lenguaje fluido y lacónico, Juan José Arreola describe lo absolutamente necesario para entender perfectamente el trance autoimpuesto del narrador. En palabras del propio autor: “Sólo estuve satisfecho cuando pude decir en una página lo que había escrito en diez”

Breve, intensa y desesperante, La Migala es considerada una de las máximas historias de terror de la literatura hispana.













https://vimeo.com/50212915

jueves, 12 de enero de 2017

Oscuridad - Editorial Vorágine 8








¿Por qué le tememos a la oscuridad? Se trata únicamente de la
ausencia de luz y sabemos que el mundo es igual en ambos casos;
pero un extraño mecanismo se acciona en nuestra mente al percatarnos
de que estamos rodeados por oscuridad.

No se puede obviar que la oscuridad cambia algunas circunstancias;
los animales diurnos se encuentran en franca desventaja contra los
seres nocturnos, la infinita batalla de la naturaleza, -que también es
la batalla infinita del hombre contra el hombre. El manejo de la
oscuridad puede convertirse en un arma clave.

Sin embargo, existe un cierto elemento inexplicable, un instinto
primigenio de ansiedad, temor y paranoia que surgen de las sombras y
que hacen al hombre percibir en lo invisible a mil aberraciones
fantásticas, malignas y monstruosas, agazapadas esperando para
atacarnos en el momento perfecto.

Vorágine [Narrativa]

jueves, 20 de octubre de 2016

¡Silencio!

Ya no quiero escribir,
quiero dejar de temblar las cicatrices
que dan vida y cuerda,
que el polvo no me moleste
con su miércoles de ceniza
y se convierta en un tranvía
que se ahoga
en un trago de saliva,
que los telescopios se sientan torpes
mientras nos miran
los poros de la frente,
que se malinterpreten los himnos,
los hímenes, los salmos, los salmones,
los pasos en reversa,
los lugares comunes, las comunas,
los campos de concentración de flores.
Ya no quiero seguir escribiendo,
quiero que la prudencia
se convierta en vino y cachetadas,
que los perros interrumpan
mientras habla el subconsciente:
subcomandante de lástima
carcomida en deseo;
que los autobuses se pierdan
dando vueltas y excusas,
que un rayo me parta
las manos y la lengua
para poder dormir
en paz.

Por Víctor Valdovinos

miércoles, 19 de octubre de 2016

Ramo de Gardenias


Mi chaparrita, amorcito bebé, hoy te amo
más porque conté nuestra historia. Y es que en
el colegio, un par de alumnas me preguntaron si
estaba enamorado, y de mi boca salió el relato
completito de nuestro amor: que fuiste mi
alumna, que con desfachatez me confesaste
que yo te gustaba, y que con cinismo te invité a
salir; que tenías 16, y que yo tenía la edad
perfecta para trastornarme con tus 16... que
desde el primer beso adopté tu espíritu como mi
aliento. Sí, mi pequeña, hoy te amo más porque
conté nuestra historia. Hasta mañana...
El anciano se inclinó, recostó un ramo de
gardenias sobre la tumba, y con el atardecer como
testigo, echó a andar hacia la salida del
cementerio.

Fernando Álvarez Téllez
Síguelo en su blog ¡Mamá, no leas mis chingaderas!
http://feralvareztellez.blogspot.mx/

martes, 18 de octubre de 2016

Déborah


Mi esposa me había abandonado. Un día de tantos,
volví a casa por la noche y ya no estaba. Obvio, dejó
carta: “Te convertiste en aquello que decías odiar, pero
debo reconocer que eso se tolera. La realidad es que
yo… yo necesito ser Déborah, ¡sí, necesito ser
Déborha! La que conociste y enamoraste… Así que, no
hay misterios, regreso a La Burbuja. Si me buscas, no
te atrevas a llamarme por el maldito nombre con el que
nací, llámame Déborah, y quizá hablemos." Esa misma
noche fui a La Burbuja; entré justo cuando ella se
bajaba la tanga y un borracho gritaba "¡yo sí te lo
chupooooo!" La verdad, me excité. Tomé la mesa
rinconera que había sido mi trinchera tanto tiempo en
aquel teibol. Le pedí a un mesero que me trajera a
Déborah. Como antes de casarnos, acabamos teniendo
sexo en el cubículo de bailes privados. Desde
entonces, diario voy a verla a La Burbuja, la invito a mi
mesa, la cachondeo, la bailo a lo bestia las cumbias
más guarras, y la dejo enamorada, con la promesa de
no faltar la siguiente noche.

Fernando Álvarez Téllez
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